domingo, 6 de enero de 2019

CUIDADO SANSON LO QUIEREN MATAR 56



(Muchacha Filistea mirando a Sansón por la ventana)

Los camellos los dejaron con la primera familia que encontraron a la orilla de la ciudad donde días antes Sansón había hablado con la joven que ahora andaba buscando para convertirla en su mujer.
Le había dicho a la familia. “Mañana volveremos para ver los camellos y para que nos digan a que hora encontramos a Dunia”. “Los esperaremos”, les respondieron.
Esa familia era dos hermanas gemelas de sesenta años y un anciano que se pasaba el día sentado en una silla de bambú sin decir una palabra, mirando la distancia para adivinar en las nubes la presencia de algún dios que quisiera decirle algo. Era el marido de una de ellas y aunque no estaba enfermo, sentía pereza de caminar. Decía que andar le agotaba las energías que debía guardar, sentado como siempre estaba, para convertirse en un inmortal al que el mundo debía adorar.

caminaron un rato por las calles semiiluminadas por las antorchas y los faroles que alumbraban poco, dejándole espacio a las sombras movedizas
Las familias salían a las puertas de las casas a conversar y a mirar lo que pasaba. Manoteaban, escupían, maldecían y reían estruendosos. Otros, muy pocos, hablaban en voz baja y con prudencia, a ellos se le podía contar con los dedos de las manos y sobraban dedos.
En general era una ciudad de gente rebelde, descreída, sin prudencia ni fe.
En aquella hora, sodomitas y pederastas paseaban sonrientes y melindrosos por las calles en penumbra, con los labios muy rojos y los ojos pintados con líneas oscuras que les daban un aspecto lujurioso y maléfico. Iban casi desnudos moviendo los muslos y las nalgas de modo alarmante. Invitaban a un posible encuentro, “muy ardiente”, decían, en los rincones de las casas, en los recovecos del camino o en las esquinas oscuras. Hablaban impúdicamente a los hombres con los que se encontraban en el camino “Te espero mi amor. . .Estoy lista para ti, y para todos los que quieran”, y tocaban a los transeúntes, siguiendo el camino, contorsionándose y mirando atrás por si alguno los llamaba.
Manoa observaba a la gente y lo que hacían, pero no decía nada. La madre también miraba todo, callando;  pensaba que la región donde vivía en Israel, tan distinta a esta, le daba paz y silencio, esa tierra le ofrecía fortaleza y seguridad todos los días y por eso la amaba.

Caminaron dos horas por muchas calles, hasta que Sansón llevó a sus padres al albergue para que descansaran ahora si, mucho rato





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