jueves, 19 de abril de 2018

CUIDADO SANSON, LO QUIEREN MATAR 41




Tenía treinta y tres divisiones a modo de escalas y ella subía peldaño a peldaño, feliz porque sabía que al terminar los escalones encontraría una región magnífica que algunos hombres han perseguido desde el principio del tiempo.
El camino por donde iba, tenía desviaciones a muchas partes, ramificaciones a modo de  calles que llevaban a lugares de fantasía, de modo que sin pensar, se fue por uno de esos senderos, llegando a un monte mediano sembrado de palmeras, árboles frutales y largos prados donde inesperadamente encontró al joven transparente y luminoso que años atrás se le había aparecido agitando las alas estando ella en el pozo de su casa en Israel y que le había anunciado el nacimiento de su hijo Sansón.
Se reconocieron al verse y se alegraron mucho.
“Usted por aquí?” le dijo el, y sin mas, la acompañó varios minutos a lo largo del camino, iluminado por multitud de lámparas puestas en postes de madera a lado y lado de la vía hasta que llegaron a un castillo en llamas, en el pico de la montaña.
Pero en realidad no eran llamas quemantes las que lo rodeaban. Era que se veía encendido por intensas luces que traspasaban sus paredes de cristal, iluminando los alrededores con luz viva.
Ese castillo era de paredes de diamante y pisos de marfil. Ahí había llegado el joven desde hacía mucho tiempo y ahí se le había olvidado su pasado. Ahora hacía parte de la familia de los hombres a los que les habían nacido alas y a los que rodeaba mucha luz.
Mara pensó “Me olvidaré de la tierra que tiene tantas cosas desagradables y que tanto me ha hecho sufrir y me vendré a vivir acá”.
Quería quedarse en el castillo de su amigo sintiendo la felicidad que la tomaba por completo y para siempre. Estando así de feliz, se despertó de repente, sintiendo un frío que le recorría la espalda y que la regresaba a su realidad.
El joven Sansón también tuvo buenos sueños, pero no se acordó de ellos por el cansancio tan violento que tenía.








martes, 10 de abril de 2018

CUIDADO SANSON, LO QUIEREN MATAR 40



“Jamás imaginé que en el mundo existieran montañas tan bellas, tan mágicas y tan frías en las que desaparece la tierra y se congelan las nubes”, pensó Manoa.
Vio el hielo y la nieve, y se sintió importante porque ningún otro hombre de su país conocía éstas cosas.
Tantas y tan agradables impresiones lo despertaron repentinamente del sueño que había sido real y sintió tristeza porque se encontró de nuevo en el desierto, entre Israel y el país filisteo. “Yo pensé que ese sueño era verdad. Que pesar” y siguió caminando como un vagabundo agarrado del abatimiento.
Sufrió una terrible conmoción en su mente y en su corazón y tuvieron que pasar varios días para volverse a sentir bien.
En sus charlas con los conocidos y con los amigos les  aseguraba “He visitado la región mas hermosa de la tierra donde hay riquezas como arena del desierto y donde todo florece sin parar. Allá es el país donde nacen los dioses y las hadas porque no falta nada” Eso les decía.
Les afirmaba también “En poco tiempo volveré allá. Debo conocer a Columbus de amerindia de extremo a extremo y dejaré escrito a las generaciones venideras el código secreto que revelará la existencia de esa región. Daré gracias al cielo por la familia que tengo y por la oportunidad que se me ha dado de conocer el edén donde los dioses y las hadas nacen por docenas y donde viven sin hacer ruido, porque les gusta la sencillez en medio de la prodigalidad y la riqueza”. Todo eso afirmaba en sus charlas y los amigos no le creían. Pensaban “Está fantaseando, quizás está perdiendo el juicio”.

A su vez, la bella Mara soñó también en aquella noche.
Vio una columna brillante, una torre muy alta entre plateada y amarillo-oro, que se elevaba en medio de visos iris cambiantes hasta el cielo.
Era como una columna de fuego puro.
Tenía treinta y tres divisiones a modo de escalas y ella subía peldaño a peldaño, feliz porque sabía que al terminar los escalones encontraría una región magnífica que algunos hombres han perseguido desde el principio del tiempo.







domingo, 1 de abril de 2018

CUIDADO SANSON, LO QUIEREN MATAR 39



Manoa disfrutaba de los aromas y el paisaje, sintiéndose privilegiado de estar aquí como ninguno otro de su país había podido hacerlo.
Vio de pronto en un claro de la selva un pueblo de hombres aguerridos en actitud de adoración porque tenían el rostro hacia el cielo, los ojos casi en blanco y sus voces clamaban la presencia de las deidades entre ellos. Entraban a una maloca para venerar a los dioses y para fecundar a las mujeres que eran morenas y deseables, dispuestas a ser cómplices con la tierra y con los hombres. Entonces Manoa pensó “No puedo perder la oportunidad de hacerme amigo de ellos”.
Le dijo a los camellos “Desciendan  con cuidado para no asustar a los habitantes”. Obedientes, cayeron con gran suavidad a un lado de la maloca como hojas desprendidas de un árbol, en el borde del pueblo que tenía construidas chozas redondas con ventanas tímidas, pequeñísimas, por donde difícilmente se estrechaba la luz para llegar adentro.
La gente lo rodeó en un instante, porque al verlo llegar de lo alto pensaron: “Un dios ha bajado del cielo a visitarnos montado en un raro animal y acompañado de otros tres animales celestiales”.
Entonces afanados, entraron a la choza del cacique y demorándose un poco allá, salieron con cofres de oro y cofres de plata repletos de mas diamantes que le ofrecían a Manoa en medio de un gran entusiasmo y una fiesta inolvidable. “Gracias, gracias”, repetía Manoa entre sonrisas, muy nervioso.
Le regalaron también decenas de curiosos animales que el aceptó de buena gana y pájaros de mil colores que se instalaron inmediatamente encima de los camellos.
Después de acomodar los otros regalos en los rumiantes, se despidió “Adiós, adiós” montando en su camello que voló imponente encima de la selva atravesándola por completo mientras la gente del pueblo lo miraba incrédula. “Adiós, adiós dios de la selva” y movían las manos felices porque un dios los había visitado.
No se detuvo en la travesía sino que siguió navegando hasta las elevadas y brillantes montañas blancas del centro de Columbus en las que sintió un frío desconocido y penetrante que le avivó la sangre presionándole el corazón y haciéndolo sentir mas vivo. “Jamás imaginé que en el mundo existieran montañas tan bellas, tan mágicas y tan frías en las que desaparece la tierra y se congelan las nubes”, pensó Manoa.
Vio el hielo y la nieve, y se sintió importante porque ningún otro hombre de su país conocía éstas cosas.





miércoles, 21 de marzo de 2018

CUIDADO SANSON, LO QUIEREN MATAR 38



Se sentó un rato a la orilla del río para ver los peces gigantes de catorce colores y ojos con pestañas violeta que salían impulsados del agua elevándose cinco metros para caer otra vez en malabarismos sorprendentes como dando gracias a la naturaleza por tanta generosidad.
Después de hora y media de mirar el río, Manoa se levantó y siguió caminando impresionado del imperio del diamante y las perlas, mientras un aguacero formidable se desprendía del cielo, como un diluvio. El ya se había olvidado de los aguaceros y por eso sintió  melancolía porque en su tierra ese milagro era casi prohibido.
Empapado hasta los huesos pero dichoso, se encontró mas adelante en un lugar rocoso y siempre verde donde decenas de hermosas mujeres de diminutos guayucos venían corriendo  para ofrecerle ollas de barro repletas de diamantes, de esmeraldas, topacios y otras piedras deslumbrantes de las que no tenía conocimiento pero que lo deslumbraban inexplicablemente.
Manoa no sabía que hacer. Solo acertaba a sonreír y a decir “gracias, gracias”. Semejantes regalos lo hacían sentir como un emperador del planeta.
Esas mujeres eran las Amazonas. Guerreras y salvajes que viajaban montadas en jaguares de fuego por las orillas de los grandes ríos y entre la selva poderosa;  tenían por centenares de esos jaguares a los que dejaban en largas praderas para que descansasen mientras ellas entraban a las cuevas donde llegaban a guardar los tesoros de Columbus que encontraban como uno podía encontrar arena en una playa.
Después de recibirles las ollas llenas de diamantes y esmeraldas y de acomodarlas en las espaldas de los camellos, Manoa les dijo “Gracias, gracias” y se despidió mientras arrancaba a caminar otra vez por el imperio del agua y del diamante.
Vio miles de animales raros y hermosos, saltando, trepando, reptando, volando entre las rocas húmedas, en las ramas de los gigantescos árboles, entre lagos oscuros y en medio del aire a veces caliente y a veces frío y pensó “aquí es donde Dios vive porque  no hace falta nada, nada”.
Ordenó a los camellos sobrevolar la selva para conocerla toda, para aspirar sus perfumes y contagiarse de la abundancia que lo asombraba como jamás le había sucedido frente a algo o a alguien.
Los camellos arrancaron a volar desplazándose encima de los árboles y haciendo vueltas para permitirle a Manoa que observara todos los detalles.
Era un mar verde y oscilante bajo el viento que no perdía la oportunidad de estrecharse por los huecos que las ramas y las hojas le dejaban y llegar hasta abajo tocando la piel de la tierra y del agua que era voluptuosa como una mujer con la sangre incendiada.

Manoa disfrutaba de los aromas y el paisaje, sintiéndose privilegiado de estar aquí como ninguno otro de su país había podido hacerlo.






miércoles, 14 de marzo de 2018

CUIDADO SANSON, LO QUIEREN MATAR 37



En un instante llegó a continentes desconocidos pero hermosos que  siglos después tendrían el nombre de Amerindia.
Los camellos querían que Manoa conociera esas tierras para que llevara en su recuerdo lo mejor que había en el planeta.
Atravesaron el espacio haciendo túneles en el vacío.
En menos de lo que se demora uno en pensar alguna cosa, llegaron a Columbus de amerindia en el sur, el imperio de las riquezas y las hadas, como ya se dijo, y donde el agua bañaba la tierra fecundándola en todo tiempo y donde además crecían y se multiplicaban las especies sin detenerse porque allí se le hacía continuo homenaje a la vida.
Bajó en un vuelo pausado para ir mirando todo con curiosidad y mucha calma, su asombro era inagotable. “Yo pensaba que todo el planeta era un desierto”, se dijo y no sentía hambre ni cansancio tampoco, solo algo de sueño pero sueño liviano que no lo estorbaba.
Cayó blandamente a tierra en su camello, mientras los otros tres animales también aterrizaban no muy lejos de el, entre la espesura de árboles salvajes de verde follaje y exóticos aromas donde vivían micos, culebras, guacamayas, murciélagos. Esos árboles estaban cargados de frutas de toda clase y sin pensar comió y comió lo mismo que los camellos. Entonces muy tranquilo y satisfecho se recostó en el pasto poniendo la cabeza en el tronco de un árbol. Sin darse cuenta se quedó dormido en ese bosque que lo protegía del sereno de la noche y del sol que llegaría al otro día con intensa luz.
Ahí no tuvo sueños.
Se despertó tarde sintiendo un estado de enajenamiento, e increíble ligereza que le daba alegría y mucha paz.

Volvió a montarse en su camello pero no para volar, sino para caminar por aquel imperio de selva y oro, de esmeraldas y petróleo, de tierras fecundas y pájaros jamás imaginados. Miraba con asombro los poderosos ríos que parecían mares porque no lograba ver la otra orilla. Paseó largo rato en su camello, mientras los otros tres animales lo seguían, lanzando gritos felices por estar aquí. “Aooooooo, aoooooo” Se sentó un rato a la orilla del río para ver los peces gigantes de catorce colores y ojos con pestañas violeta que salían impulsados del agua elevándose cinco metros para caer otra vez en malabarismos sorprendentes como dando gracias a la naturaleza por tanta generosidad.







martes, 6 de marzo de 2018

CUIDADO SANSON, LO QUIEREN MATAR 36




Sansón sintió la mano de su madre acariciándole el cabello y las mejillas. Despertó por fin con los ojos algo rojos y saludó. “Hola madre como amaneciste?” “Bien y tu?”
“Algo cansado y con mucho sueño”. “Te cogió el día, ya son las diez de la mañana y tienes que ir donde Joaquín como dijiste ayer”. “Las diez?” Sansón se sorprendió de haber dormido tanto. Tenía la impresión de haberse acostado hacía pocos minutos. Se levantó corriendo al pozo donde se echó buena cantidad de agua para refrescarse y terminar de despertar.

Esa noche Manoa y Mara habían soñado cosas raras.
Manoa soñó con cuatro camellos voladores que se desplazaban veloces en un espacio desconocido. Tenían alas rojas inmensas como de águilas gigantes que lo llevaban entre las nubes a las tierras filisteas.
Cuando iba a empezar la aventura, uno de ellos se arrodilló para que subiese a sus espaldas, Manoa se encaramó sin problemas y se acomodó lo mejor que pudo en las gibas porque sabía que el viaje sería largo. Acompañado de los otros tres camellos empezó a ascender en el espacio, porque los animales movieron las alas poderosamente consiguiendo altura fácil.
Se elevaron raudos quinientos metros entre nubes rojas y azules que los humedecieron, refrescándolos del calor salvaje del desierto. Allá estabilizaron el vuelo en un planeo reposado y potente y continuaron sin detenerse, porque iban a una región donde vivían las hadas y donde las riquezas eran como espuma.
Asegurado de las riendas y apretando las piernas en el lomo, Manoa contemplaba desde allá, el fenómeno arrasador de las tormentas del desierto que le causaban agonía, lo mismo que la sequedad y la esterilidad  de esa región que era tan suya. Miraba cómo corría amarilla y pertinaz la arena mientras el camello movía las  alas en un movimiento armónico hacia tierras del otro lado del mundo.
En un instante llegó a continentes desconocidos pero hermosos que  siglos después tendrían el nombre de Amerindia.
Los camellos querían que Manoa conociera esas tierras para que llevara en su recuerdo lo mejor que había en el planeta.

Atravesaron el espacio haciendo túneles en el vacío.







miércoles, 28 de febrero de 2018

CUIDADO SANSON, LO QUIEREN MATAR 35




“Primero come. Debes tener hambre, luego descansas y mañana vas donde Joaquín.
Mara le había servido la carne y los plátanos en un plato grande y rústico fabricado con barro rojo. Sansón alargó el brazo, cogió un trozo grande de carne que cortó en pequeños trozos y comió pausado con algo de vergüenza por su regreso tan apresurado.
Dijo. “Está bien, descansaré tranquilo esta noche y mañana temprano iré donde Joaquín.
“No te aceleres tanto. Refrena tus afanes y pasiones, que pueden hacerte daño”, dijo la madre. El joven la miró. Vio que estaba algo seria y se quedó callado mientras terminaba de comer.
Como estaba realmente muy cansado, dijo al terminar la cena. “Hasta mañana padres. Que descansen bien”.
Entró a su habitación, tendiéndose en la estera después de quitarse el turbante y la túnica que lo acaloraban. Se quedó dormido en poco tiempo y sin darse cuenta le llegaron las diez de la mañana del otro día, sintiendo que solo había dormido diez minutos.
Manoa y la madre no le hacían ruido. Ella después de haber desayunado se sentó en la banca del corredor para cuidarle el sueño mientras le arreglaba una túnica que se le había rasgado en un costado. Manoa cuidaba los cultivos de uvas que empezaban a sazonar, enderezó varios tutores caídos, clavándolos profundo y amarrando las matas  con bejucos resistentes, observó una cabra huérfana que corría acelerada encima de las piedras y las rocas, buscando a su mamá que hacía rato se le había perdido.
“Es terco y porfiado. Cuando a Sansón le gusta algo no se queda quieto hasta conseguirlo”, pensaba Manoa que seguía mirando como corría la cabrita tan desorientada, por todos los caminos.
“Muy terco. . .siempre me he preguntado si la terquedad es buena”, siguió pensando Manoa, sentado ahora en una piedra grande y tibia a un lado del cultivo.
“O no la llamemos terquedad, digámosle tenacidad y persistencia. Eso es Sansón. Tenaz y persistente como yo”.
“En cambio tiene la ingenuidad y la dulzura, la sensibilidad y la ternura de Mara” seguía diciéndose Manoa mientras miraba curioso un cucarrón dorado que había estado de espaldas mucho rato luchando para voltearse y salir volando.  

Sansón sintió la mano de su madre acariciándole el cabello y las mejillas. Despertó por fin con los ojos algo rojos y saludó. “Hola madre como amaneciste?