sábado, 2 de febrero de 2019




Los gallos habían dejado de cantar hacía rato pero en cambio las cabras balaban por las calles, buscando las afueras y los riscos donde brincaban, encontrando basuras, malezas, palos, cortezas y pasto que las alimentaban bien.
 Todavía en la habitación donde habían descansado con sueño profundo, padres e hijo, ya levantados, sacaron los paquetes de los morrales, poniéndolos encima de una mesa destartalada. Abrieron uno que tenía comida, y sonriendo, desayunaron con pasteles y carne fría de sabor maduro. Recogieron las hojas sobrantes para botarlas en otra parte, y se limpiaron el cuerpo con trapos humedecidos en un pozo que había en el patio. Se arreglaron las túnicas y los turbantes que no habían sido estrenados, procuraron quitarles algunas manchas viejas que quedaron disimuladas, y finalmente la señora se acomodó el velo asegurándolo en su frente con una diadema de piel de armiño, saliendo así a la ciudad que los miró extrañada porque la vestimenta que tenían era completamente Judía. Algo confusos apresuraron el paso, caminando sobre las piedras que empezaban a calentarse de modo acelerado. Evitaron las cabras que corrían alegres de un sitio a otro……. olían espantoso y dejaban el aire apestado............Saludaban a la gente por las angostas calles y seguían sin parar.
Iban a la casa donde Sansón se había encontrado con Dunia días antes, y donde habían dejado los camellos la tarde anterior, después del viaje desde Israel. En media hora de caminata, estuvieron en las afueras. No era mucha la gente que transitaba por ahí, solo vecinos que cargaban agua desde el pozo grande construido por el gobierno, y otros que llevaban las cabras a donde hubiera mucha hierba y malezas para alimentarlas mejor. No se demoraron en la caminata porque el joven Sansón estaba ansioso de encontrarse con la muchacha “Necesito ver a Dunia”, decía.
Desde lejos contemplaron la casa a la que iban. Era grande, de paredes blancas con plancha donde las señoras subían a pasar las tardes para mirar el campo y para hablar de cosas, cuando ya iba anocheciendo. Allá sentían la frescura del viento y descansaban los ojos y el cuerpo mirando a lo lejos.





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