martes, 22 de enero de 2019

CUIDADO SANSON LO QUIEREN MATAR 58




“Ya están agotados”, pensó Sansón, caminando por fuera de la guarnición junto a un bajo muro que le permitía ver todo sin problemas. Llegó frente a una sala en penumbras donde vió a un panzudo general divirtiéndose con dos mujeres danzarinas. Le ofrecían en copas de cristal, vino antiguo que él tomaba mientras las miraba danzar livianas al ritmo de una música imaginaria. Después de la danza, las dos jóvenes se tumbaron en el suelo mientras las nubes pasaban con calma, muy arriba en la noche y los gemidos de gozo se extendían en las paredes de la sala.
“Son las doce y media” dijo Sansón, y regresó al albergue silencioso y en penumbras. Encontró a sus padres despiertos. “Donde has estado hijo?” Le preguntó la madre. “Recorrí casi toda la ciudad”. “Recuéstate y descansa”. “Si”. “Que duermas hijo”, dijo Manoa. “Gracias padre. Descansa también”.
Ahora si, el sueño les llegó a los tres. Quedaron abandonados encima de las esteras, recuperando las fuerzas y el valor tan necesarios. No soñaron nada o por lo menos no recordaron haber soñado. Tan profundo fue el sueño de esa noche.

A las siete de la mañana el sol ya estaba alto y amarillo. Era una bola brillante y espléndida, puro oro, derramándose en millones de rayos, encima de la tierra. En la distancia, masas de nubes rojas algo quietas, le ponían una silueta fantástica a la ciudad que se calentaba acelerada desde temprano.
Decenas de camellos despaciosos, iban cargados por las calles, con equipajes, bultos de ropa, chucherías, tapetes, artesanías, collares, anillos, diademas, loza para el comercio que empezaba el día entre un alboroto caliente, entre gritos, órdenes y zalamerías de toda clase en la agitada barahúnda del dinero. Los gallos habían dejado de cantar hacía rato pero en cambio las cabras balaban por las calles, buscando las afueras y los riscos donde brincaban, encontrando basuras, malezas, palos, cortezas y pasto que las alimentaban bien.





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