viernes, 14 de julio de 2017

CUIDADO SANSON, LO QUIEREN MATAR 4




Manoa se sobresalto igual que Mara, escuchando lo que decía su hijo. “Vas a ir a ese país tan peligroso?” “Si. Escucho una voz extraña que me ordena ir allá”. “Nunca has ido tan lejos, no tienes experiencia del mundo ni de los hombres”, le dijo Manoa extendiendo el brazo derecho en gesto de convencimiento. “Por eso lo hago también. Para conseguir conocimiento y experiencia. Pienso que siempre hay una primera vez para las cosas”.
Los padres se miraron porque razonaban la respuesta. No contestaron. Manoa se paró con aspecto cansado saliendo por la puerta trasera de la cocina. Caminó descolgado y con la cabeza agachada sentándose en una piedra musgosa al otro lado del pozo cerca a las piedras gigantes; miró los visos eléctricos del sol mas allá, a ochenta o noventa metros sobre la tierra tan calcinante y tan partida. Pensó “el tiempo pasa rápido…. hace poco vi nacer a Sansón y véalo ahora hecho todo un hombre que me pone a pensar y a sentir de modo raro.
 Tenía muy sucia la túnica porque había estado desinfectando las patas de las cabras donde vivían pulgas y cucarroncitos microscópicos que les daban fiebres y enfermedades en la sangre, también había traído leña desde la arboleda, para mantener el fuego de la hornilla que era vital en la rutina de la casa.
Su barba estaba larga y negra, ondulada y algo grasosa por el sudor y el trabajo. Su piel se mantenía fuerte y saludable de un color cobrizo atractivo. Los profundos y grandes ojos oscuros estaban llenos de conocimiento y de secretos pero ahora los tenía con una huella de nostalgia.
Mientras estaba en esa especie de desconcierto, un dolorcito extraño le apareció en el pecho y pensó. “No puedo oponerme a que Sansón se vaya. Cada uno tiene su destino y el debe cumplirlo. Lo mejor que puedo hacer es rogarle a la naturaleza que lo cuide para que le vaya bien”.
Se paró mas animado caminando hasta la viña donde echaría una ojeada a los racimos de uvas que empezaban a crecer fuertes, sentiría el aroma del cultivo y quizás trabajaría un rato para desprenderse de las malas sensaciones que le hacían daño; al llegar al lado de un cerco de palos secos que guardaban el cultivo arrancó una uva  pequeña y echándosela a la boca la sintió ácida.  “Le falta tiempo” se dijo. Entonces escuchó a su mujer que lo llamaba. " Manoa, Manoa venga a almorzar".




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