lunes, 27 de noviembre de 2017

CUIDADO SANSON, LO QUIEREN MATAR 25




La bella mujer en silencio le dio una mano a su marido, cerraron los ojos eliminando los pensamientos y dejando que el corazón se encontrara con el todo.
Lo activaron tanto y tan simultáneamente, que en poco rato sintieron transportarse a estados de gran alegría y discernimiento pero no pasó nada en relación con el ángel. Solo sabían que debían esperar y por eso se levantaron para hacer los oficios de la mañana y para preparar el desayuno.
A las diez de la mañana cuando Mara estaba espantando las cabras que se entraban a la cocina a comerse las cáscaras del cajón de la basura, el joven transparente y luminoso se le apareció otra vez volando suavemente a su lado, bajo el movimiento permanente y cadencioso de las alas que le brillaban suaves.
 Afanada y feliz, corrió como nunca, a llamar a su marido que estaba podando las ramas dañadas del cultivo de vid “Manoa, Manoa venga rápido. Se me ha aparecido aquel varón que vino a mi el otro día”.
Y se levantó Manoa con gran impulso irracional, siguiendo a su mujer como un rayo. Y vino al varón que todavía estaba aleteando en la cocina y le dijo mientras lo miraba con asombro y gran deleite “Eres tu aquel varón que hablaste a la mujer?” y el dijo “Yo soy”. Entonces Manoa dijo “Cuando tus palabras se cumplan, cómo debe ser la manera de vivir del niño, y que debemos hacer con el?”.
Y el ángel respondió a Manoa “La mujer se guardará de todas las cosas que yo le dije.
No tomará nada que proceda de la vid; no beberá vino ni sidra, y no comerá cosa inmunda; guardará todo lo que le mandé”. “Está bien, ella hará todo eso, pero permíteme que te prepare un cabrito porque debes tener hambre, lo guisaré bien, te gustará, estoy seguro”. “No comeré de tu pan”, respondió el joven que aleteaba impaciente de uno a otro lado de la cocina y en el corredor casi chocándose en el techo.
Salió apresurado de ahí, elevándose cinco metros, y como un colibrí se suspendió un rato al lado de un árbol viejo de pocas hojas que estaba junto a la cocina, esperando a Manoa a ver que era lo que quería,  porque no lo dejaba ir sin ofrecerle nada. El hombre le había dicho que se llevara un trozo de carne y varios panes en su viaje al cielo y a otros  lugares galácticos donde quizás iba a hacer otros anuncios y no quería quedarle mal. “Por favor espere un momento no se vaya, le decía Manoa estirando los brazos hacia el, levantando los ojos y mirándolo afanado al lado del árbol donde el visitante no dejaba de aletear apresurado para mantener la suspensión. “Espere no se arrepentirá”.
El ángel respiró hondo para calmarse de la presión que Manoa le hacía, bajó cerca de él extendiendo las alas en un planeo suave pero sin poner los pies en la tierra.


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