miércoles, 28 de febrero de 2018

CUIDADO SANSON, LO QUIEREN MATAR 35




“Primero come. Debes tener hambre, luego descansas y mañana vas donde Joaquín.
Mara le había servido la carne y los plátanos en un plato grande y rústico fabricado con barro rojo. Sansón alargó el brazo, cogió un trozo grande de carne que cortó en pequeños trozos y comió pausado con algo de vergüenza por su regreso tan apresurado.
Dijo. “Está bien, descansaré tranquilo esta noche y mañana temprano iré donde Joaquín.
“No te aceleres tanto. Refrena tus afanes y pasiones, que pueden hacerte daño”, dijo la madre. El joven la miró. Vio que estaba algo seria y se quedó callado mientras terminaba de comer.
Como estaba realmente muy cansado, dijo al terminar la cena. “Hasta mañana padres. Que descansen bien”.
Entró a su habitación, tendiéndose en la estera después de quitarse el turbante y la túnica que lo acaloraban. Se quedó dormido en poco tiempo y sin darse cuenta le llegaron las diez de la mañana del otro día, sintiendo que solo había dormido diez minutos.
Manoa y la madre no le hacían ruido. Ella después de haber desayunado se sentó en la banca del corredor para cuidarle el sueño mientras le arreglaba una túnica que se le había rasgado en un costado. Manoa cuidaba los cultivos de uvas que empezaban a sazonar, enderezó varios tutores caídos, clavándolos profundo y amarrando las matas  con bejucos resistentes, observó una cabra huérfana que corría acelerada encima de las piedras y las rocas, buscando a su mamá que hacía rato se le había perdido.
“Es terco y porfiado. Cuando a Sansón le gusta algo no se queda quieto hasta conseguirlo”, pensaba Manoa que seguía mirando como corría la cabrita tan desorientada, por todos los caminos.
“Muy terco. . .siempre me he preguntado si la terquedad es buena”, siguió pensando Manoa, sentado ahora en una piedra grande y tibia a un lado del cultivo.
“O no la llamemos terquedad, digámosle tenacidad y persistencia. Eso es Sansón. Tenaz y persistente como yo”.
“En cambio tiene la ingenuidad y la dulzura, la sensibilidad y la ternura de Mara” seguía diciéndose Manoa mientras miraba curioso un cucarrón dorado que había estado de espaldas mucho rato luchando para voltearse y salir volando.  

Sansón sintió la mano de su madre acariciándole el cabello y las mejillas. Despertó por fin con los ojos algo rojos y saludó. “Hola madre como amaneciste?






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