viernes, 24 de septiembre de 2010

EL PAIS DE LA NIEVE 95 (La desconocida y fantástica historia del pueblo Pijao)


Se desmontaron del buitre mirando curiosos caminando en dirección al pozo, llevando cogida de los brazos a la Mojana que gritaba "Iiiiiiiiiii, iiiiiiiiiii, iiiiiiiiiii" sacudiéndose pretendiendo liberarse.
De pronto empezaron a escuchar ruidos de cadenas y de cosas rompiéndose. Olores de azufre cubrieron el ambiénte apestándolo. Un viento fuerte bramó y creció queriendo arrastrarlos "Iiiiiiiiiiii, iiiiiiiiiii" gritaba la Mojana llorando. "Yo me voy de aquí, yo me voy" dijo soltándose y corriendo enloquecida sin rumbo pero el viento la tumbó arrastrándola precisamente hasta la boca del pozo. "Tenemos que cogerla o se nos perderá" gritó Cajamarca levantándose, corriendo dificilmente hasta donde estaba la mujercita y agarrándola de los brazos. Inhimpitu y Millaray se fueron acercando a la amplia boca, detenidas por los ventarrones. "Si no fuera porque necesitamos el pájaro de mil colores, huiría de aquí" gritaba Millaray agarrándose de Inhimpitu que también estaba atemorizada.
Los ruidos fueron mas estruendosos, el dia se oscureció "Vámonos puede ser peligroso" gritaba Millaray. "No. Esperemos un momento. Voy a asomarme a la boca de la garganta cuésteme lo que me cueste" gritó Cajamarca agarrando a la Mojana y llevándola a rastras.
De repente dos inmensas cabezas de serpiente como cabezas de toro se levantaron entre la espesa polvareda del hueco. Echaban candela por la boca. Sus ojos eran rojos, botaban chispas también de color rojo que caían en la maleza quemándola. Sus alas eran como alas de murciélago que no paraban de agitar estrellándolas en la boca del pozo. Otras serpientes salieron también silbando, casi volando y lanzando candela. Cada serpiente tenía dos cabezas que volteaban furiosas. Protegían los tesoros del pozo. Millaray e Inhimpitu gritaban aterrorizadas. Cajamarca retrocedía espantado. "Es mejor irnos de aquí" gritaba Millaray descompuesta, pálida.
Ahi vieron al cóndor volando a donde las serpientes se retorcían y estrujaban convulsionadas sin dejar de echar fuego por las fauces y sin dejar de silbar y batir las alas. Se les paró de frente con las plumas erizadas, las garras y las alas listas y los ojos muy brillantes diciéndoles "Ustedes no pueden atemorizar así a la princesa ni a mis amigos. Ellos no les van a hacer nada. Acabaré con ustedes inmediatamente"

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