sábado, 12 de febrero de 2011

EL PAIS DE LA NIEVE 153 (La desconocida y fantástica historia del pueblo Pijao)


Entonces el cóndor se fue, buscando el pueblo de los Natagaimas, famosos porque hacían los ritos a los dioses en el rio Magdalena, encima de canoas y balsas fabricadas con troncos gigantescos, y porque ahí capturaban grandes peces que le hacían el amor a las lavanderas en las tardes de sol.
Muchas mujeres iban a lavar al rio buscando placer con los grandes peces que las hundían llevándolas al fondo del agua entre las piedras y la vegetación acuática donde las gozaban largamente, dejándolas salir luego, para perseguirlas por las orillas donde los pescadores los cogían débiles y excitados porque después del sexo eran incapaces de regresar al fondo. Querían a la mujer con la que habían estado y no lograban olvidarla. Podían morirse de hambre y amor por ellas. Era su pena de muerte.
A quinientos metros vieron el templo de las sacerdotisas. Su techo y paredes brillaban relampagueantes con la luz de la luna. Había sido construido con oro y aleaciones de cobre en largos dias de fino y paciente trabajo en los que la tribu colaboraba sacando oro como arena, del rio y de las minas cercanas, fundiéndolo y purificándolo en grandes hornos que mantenían incandescentes durante meses enteros para que su calor de infierno se mantuviera constante.
Las paredes sólidas y altas lanzaban reflejos al agua, que los devolvía multiplicados y brillantes, asustando a los pájaros y a los animales noctámbulos que por ahí pasaban.
Llegaron allí en menos de un momento, escuchando largos lamentos y sollozos de una mujer que sentada en una alta piedra, no dejaba de mirar el rio. No le importó ver al cóndor tan gigantesco, ni a la gente que se bajaba de su espalda y que se acercaba rápidamente a ella, saltando entre las piedras. Estaba en olvido y nada le importaba, nada la asombraba. Parecía que su destino fuera solamente llorar. "Ayyyyyy mis hijos, cuando los encontraré? Tanto tiempo buscándolos en los rios y quebradas y no los encuentro. Ayyyyy mis hijos, donde están?. "Llorona, llorona, buena amiga, los hijos de los dioses han venido a hacerle una invitación" le gritó de repente el brujo haciendo bocina con las manos y parándose en una piedra cercana, donde la mujer podía verlo. "Yo no quiero hablar con nadie" dijo sin voltearse "Es que no entienden que lo único que quiero es encontrar a mis hijos?" contestó la mujer cobijándose la ruana que había dejado encima de la piedra y dándoles la espalda, indicándoles que no quería hablar.
Era hermosa, de labios gozadores, ojos rasgados, cabello negro y manos finas. Tenía un vestido de colores que finalmente se arregló al ponerse de pie, atraida por la inesperada visita y por lo que decían. "Que es lo que buscan? Por qué vienen a interrumpirme?" dijo tristemente mientras lágrimas gruesas se estrellaban en la piedra donde estaba parada.

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