miércoles, 3 de agosto de 2016

AXO, EL ALUPIO Y LA MONTAÑA 48 (La historia de una criatura humana(?) de ocho centìmetros.




El alupio sonrió diciendo.  “Algún día usted también podrá hacer éstas cosas. Es algo natural. Son facultades que los hombres tienen pero que están dormidas a causa de la ignorancia, del miedo y de la duda”.
Axo lo oprimió suave y volvió a besarlo quedándose tendido en la blanca y escarchosa arena.
Por la tarde el muchacho se quejaba de un raro malestar que no podía explicar, y sus gemidos hacían sentir mal al alupio que caminó por el cuerpo del amigo, tendido en el suelo, examinándolo con mucho juicio. No encontró ningún mal hasta que llegó a la columna donde notó que tenía una vértebra desencajada en la región lumbar quizás por algún estrujón en la caída en medio del vacío . Lo tocó en ese sitio y al instante Axo cambió de ánimo levantándose sonriente y agradecido con esa criatura que hacía semejantes cosas. Que tal. . .
A la mañana siguiente algo anormal pasó. El alupio cayó enfermo.
Temblaba de fiebre y frío y tenía dolor de cabeza………. Fue que le apareció el mal de la fuga que hacía tiempos no sentía y que lo ponìa en estados desconocidos para los mortales. En esas condiciones no podía aguantar ni el sol y su luz, ni el viento y su fuerza, ni la bulla del bosque, ningún rumor……. y casi no podía respirar, parecía que estuviera agonizando.
Axo buscó entonces protección debajo de unas rocas negras que los abrigaban del viento, de la lluvia y de la noche espesa. Una especie de hueco entre ellas, les sirvió para estar cubiertos, medio protegidos. “Me muero Axo” dijo el alupio muy dèbil. . . “Ayúdeme. No resisto éste malestar”.
Axo sintió angustia porque no tenía conocimientos para ayudarlo. Lo cogió sintiendo que la criatura temblaba como una ardillita. De repente Eres desapareció pasmosamente de su mano, desvaneciéndose igual que el agua que se evapora. Era el mal de la fuga lo que tenía. Fenómeno que sufría al respirar presionando los huesos junto al sacro, y al pensar de modo equivocado en los àtomos del aire.
 Axo miró los rincones de por allì, la hierba doblada, los huecos por donde entraba la luz, pero no lo vio por ningún lado, lo llamó a gritos sin oír  ninguna respuesta.

Cuando pasaron seis minutos, la criatura apareció de nuevo en su mano y el joven se confundió mas. 




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