sábado, 27 de agosto de 2016

AXO, EL ALUPIO Y LA MONTAÑA 51 (La historia de una criatura humana(?) de ocho centìmetros.



……………………“Los Uranios gente asombrosa que apareció por aquí hace muchos años, vivieron en la orilla  del río setenta y dos siglos hasta que un día se fueron a otro planeta porque ya habían cumplido la misión de hacer en el mundo una cultura mágica”.
En su trasteo se llevaron un puente sobre el que cruzaban el río. Era un rayo de luz por el que caminaban muy tranquilos y seguros.
Un día lluvioso cuando el arco de colores se elevaba en el río, el pueblo  se reunió y cogiéndose de las manos se concentraron con el propósito de enfocar el rayo en otra dirección en el espacio. Mandaron el pensamiento al planeta osiris y cuando el rayo hizo contacto allá, subieron por él en un instante en estado de transportaciòn” contó el alupio.
“Y nunca mas se volvió a saber de ellos”.  Axo se sorprendió con la historia, no imaginaba que alguien pudiera caminar encima de un rayo de luz. . . pero ahora tenían que encontrar una manera mundana de cruzar el rio hasta el otro lado.  “Dígame la verdad. Cómo pasaremos?”.  “No se afane amigo” respondió el alupio. “Para resolver las cosas hay que estar tranquilo y con la mente despejada”.
Caminaron por la alborotada orilla mojándose en un instante. Las crestas del agua se elevaban soberbias y manchadas de colores oscuros, para caer luego revueltas en la espuma. Se alzaban otra vez imponentes y destructoras, yendo a estrellarse en los barrancos, en las piedras y en las raíces; todo lo que encontraban, animales, enormes troncos, árboles formidables se iban con ellas en remolinos vertiginosos, ahogantes. Viajaban así centenares de kilómetros, abandonados a la avasallante fuerza sobre la que no tenìan ningún poder. “Es rico ver la locura del agua en su movimiento, su salvajismo y su poder”, comentó Axo nervioso, mirando como en la otra orilla un elefante blanco caía en el río porque había pisado el extremo de un barranco que no soportó su peso, yéndose entre torcidos movimientos y gritos de auxilio que fueron apagados mas abajo por el bramido del agua.
Era tan iracunda la corriente que ninguna embarcación  hubiera resistido su empuje.
De pronto un romaño asomó la enorme cabeza entre las aguas.
Tenía ojos negros y piel café; un par de antenas gruesas, largas y blancas le salían de la frente y le servían para comunicarse con los peces que el quisiera, en el momento que fuera necesario, y para saber cuando iba a haber tormentas y desgarramientos espaciales. Era largo, fuerte, ágil y sólido.

Se hundió fugaz en la espuma para volver a asomarse en el aire roto por el agua, mientras se acercaba a la orilla donde estaban Axo y el alupio, a los que ya había visto con mirada ràpida. 



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