viernes, 9 de diciembre de 2016

AXO, EL ALUPIO Y LA MONTAÑA 62 (La historia de una criatura humana(?) de ocho centìmetros.



Si abría los ojos perdería su fuerza y su poder y eso no debía suceder nunca…… nunca.
El castillo de Rusos estaba construido con nubes grises de verde profundo. Tenía muros gruesos y movibles, torres altas que de pronto se transformaban en caballos, en canoas o en pavos gigantes con cuernos y colmillos de elefantes, o en otras figuras fantásticas que se paseaban en un espacio hondo y gris infinito. Ahí vivía desde hacía mucho tiempo y nadie podía expulsarlo. No faltaba mas. . .
Axo y el ave comprendieron en un instante que Rusos no podría vivir  con los ojos cerrados para siempre y se quedaron allí muy tranquilos. Ya se sentían vencedores y esperarían el tiempo que fuera necesario hasta que se cansara  y pidiera clemencia.
Corrió el aire tocando la nieve y llevándose los secretos de los altos picos; recorrió un largo espacio acompañado de nubes verdes que navegaron a su lado mucho rato para bajar luego a las llanuras con una carga abundante de sueño. Las nieves cambiaron de color blanco a blanco sucio. Tres veces salió el sol brillante sobre el perfil de la nieve y tres veces volvió a meterse al otro lado de la montaña que no dejaba de brillar con su inmenso espejo blanco.
El muchacho y el águila cercaban a Rusos muy pacientes pero sentían hambre, sueño y cansancio que los acosaba impiadoso, sin embargo dijeron que resistirían el tiempo y las circunstancias necesarias para vencer a su enemigo.
La espera era buena estrategia.
Rusos se sentía maltrecho y congestionado, de vez en cuando cogía la garra del buitre pretendiendo quitársela del pecho pero no lo lograba a pesar del esfuerzo que hacía y porque el ave lo aprisionaba mas y mas. Bostezaba largo y seguido acosado por un hambre que le roía la panza y le hacía chillar los intestinos. Estaba tirado encima de un charco de orines y los calzoncillos que tenía, olían mal. Quizás hacía un horrible esfuerzo para contener sus excrementos pero no aguantó hasta que fatalmente una masa amorfa blanda y tibia de color caféamarilloso quedó depositada entre sus nalgas y los calzoncillos que ahora si despedían un olor inaguantable. Todavía mantenía los ojos cerrados pero después de tanto tiempo de estar así no soportó esa situación y en un reto con él mismo abrió los ojos.
La luz lo cegó y entonces volvió a cerrarlos para protegerlos, pero después fue abriéndolos despacio 

hasta  acostumbrarse al fulgor. 






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