miércoles, 18 de enero de 2017

AXO, EL ALUPIO Y LA MONTAÑA 66 (La historia de una criatura humana(?) de ocho centìmetros.


El señor del tiempo oscuro ya repuesto de sus crisis, invitó a Axo y al alupio a entrar a una habitación donde guardaba corotos, ahí tenía las alas emplumadas que le permitían desplazarse a cualquier lugar en planeos vigorosos, las bajó de una alta pared donde las tenía colgadas y forradas con plásticos. Le dijo a Axo. “Ayúdeme a sacar éstas alas al patio para arreglarlas y volar a la cumbre porque quiero llevarlos hasta allá……….para que lleguen ràpido”. “Es que usted puede volar?”. “Si. No lo hago seguido pero cuando necesito ir a alguna parte, me pongo estas alas y vuelo el tiempo que quiera”. “Tan rico poder volar” respondió el joven. “Usted me hace sentir envidia”.
Cogieron las alas. Uno las agarró de un lado y otro del otro, y saliendo al patio las extendieron en el suelo donde Rusos las sacudio cuidadoso después de quitarles los plásticos que desde hacia tiempo las cubrìan. Las revisó atento casi pluma por pluma asegurándose de su resistencia y aguante. Eran gigantescas, sòlidas pero elàsticas y axo se preguntaba como haría para manejarlas en semejante violencia del aire, y con tanta humedad en las alturas.
El alupio leyò el pensamiento del joven, y dijo. “Rusos es el maestro de las águilas, de los cóndores y de las aves de èstas regiones. Con el han aprendido los secretos de los vuelos, el manejo del viento en cualquier direcciòn, la lucha con los huracanes, el gobierno de las nubes tan mojadas, como mares…….. el sabio uso de las plumas. Rusos  les ha enseñado a los buitres, los ángulos que deben usar en sus desplazamiento y en las picadas cuando van por una presa. Han aprendido como hacer ascensos en la lluvia, desplazamientos en los veranos, y los atrevimientos en las noches mas oscuras, cuando no hay luna ni estrellas que los guien. De modo que el vuelo de èste inmortal es perfecto y totalmente seguro”, terminò diciendo el alupio.  “Si, todo lo que ha dicho es cierto, sabia criatura, pero ahora alistémonos para llevarlos a la cumbre”,  dijo el inmortal. 
Se hizo al lado de las correas ocultas entre el plumaje y recogiéndolas, jaló fuerte, levantándolas de un tirón. Se metió debajo extendiendo los brazos para recibirlas en la espalda, las sujetó en el pecho y en los brazos aseguràndolas en un instante y empezando a aletear como un pájaro gigantesco. Sin mucho esfuerzo se elevó veinte metros sobre el patio yéndose doscientos metros mas allá en suave navegación con las alas extendidas calentando los músculos y la sangre. Poniendo ágil su cuerpo. Luego regresó con la cara satisfecha, roja de alegría.
Axo estaba admirado y envidioso de Rusos, vièndolo volar así. 






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